Cómo el Casino de Madrid se integró en el patrimonio arquitectónico de la capital

Cómo el Casino de Madrid se integró en el patrimonio arquitectónico de la capital
Cómo el Casino de Madrid se integró en el patrimonio arquitectónico de la capital

En Madrid, la palabra “casino” designa edificios que apenas comparten algo más que el nombre. El Real Casino de Madrid nació como club social en el siglo XIX y terminó ocupando una de las sedes más reconocibles de la calle de Alcalá. Los establecimientos de juego contemporáneos, en cambio, se levantaron siguiendo criterios de acceso, capacidad, seguridad y funcionamiento. La distancia entre ambos modelos permite entender por qué uno forma parte del patrimonio monumental de la capital y los otros se integran en el territorio como espacios destinados al juego regulado.

Aunque hoy el término remita de inmediato a juegos como la ruleta, el Real Casino de Madrid no fue concebido como una sala de apuestas moderna. Su importancia procede de la arquitectura que produjo una institución decidida a convertir su posición social en presencia urbana.

Una sede a la altura de la institución

Fundado en 1836 por trece tertulianos que se reunían en el Café de Sólito, el Casino pasó buena parte del siglo XIX sin domicilio propio. Durante ese tiempo, ocupó dependencias del Palacio del Marqués de Santiago, del Café Suizo y del edificio de La Equitativa, siempre en régimen de alquiler. Esa provisionalidad comenzó a resultar incompatible con una sociedad que, al iniciarse el siglo XX, reunía cerca de mil miembros.

En 1903 compró un solar entre las calles de Alcalá y de la Aduana y convocó un concurso internacional. Llegaron propuestas de arquitectos franceses, españoles, italianos, belgas y alemanes, una apertura poco habitual en la arquitectura española de la época. El jurado declaró desierto el certamen, pero adquirió los seis trabajos mejor valorados y pidió a Laurent Farge que los sintetizara.

La obra tomó después un rumbo propio bajo la dirección de José López Sallaberry. El arquitecto madrileño revisó la propuesta de Farge y la adaptó tanto al solar como al paisaje de la calle de Alcalá. Según el archivo histórico del Casino de Madrid, la construcción se desarrolló entre 1905 y 1910.

En 1903 compró un solar entre las calles de Alcalá y de la Aduana y convocó un concurso internacional. Llegaron propuestas de arquitectos franceses, españoles, italianos, belgas y alemanes, una apertura poco habitual en la arquitectura española de la época. El jurado declaró desierto el certamen, pero adquirió los seis trabajos mejor valorados y pidió a Laurent Farge que los sintetizara.

La obra tomó después un rumbo propio bajo la dirección de José López Sallaberry. El arquitecto madrileño revisó la propuesta de Farge y la adaptó tanto al solar como al paisaje de la calle de Alcalá. Según el archivo histórico del Casino de Madrid, la construcción se desarrolló entre 1905 y 1910.

Arquitectura como representación social

La fachada evita la composición frontal y simétrica que cabría esperar en una sede institucional. La entrada se desplaza hacia un extremo y queda señalada por un torreón coronado con el escudo y la corona real. Esa solución da al edificio una silueta propia dentro de una calle ocupada por bancos, academias, comercios y sedes corporativas.

El interior fue concebido con una ambición semejante. La Escalera de Honor, diseñada por Sallaberry y esculpida por Ángel García Díaz, articula la llegada a los salones principales. Pinturas de Cecilio Plá, Emilio Sala, Julio Romero de Torres y Álvarez de Sotomayor conviven con esculturas, vidrieras de la casa Maumejean, alfombras de la Real Fábrica de Tapices y mobiliario de procedencia española y británica.

La acumulación de firmas no responde a un simple gusto decorativo. Cada salón contribuía a escenificar la jerarquía, la cultura y las relaciones internas del club. La biblioteca, las salas de estudio, los espacios de recepción y los salones de actos estaban diseñados para ordenar la vida social de sus miembros y proyectar hacia el exterior una imagen de estabilidad.

Protección sin convertir el edificio en museo

El inmueble fue declarado Bien de Interés Cultural, en la categoría de Monumento, en 1993, según consta en el Decreto 92/1993 de la Comunidad de Madrid. La protección alcanza la fachada, la estructura y los interiores, por lo que cualquier reforma debe respetar los componentes históricos y artísticos que justifican esa declaración.

La conservación había comenzado antes. Entre 1987 y 1991, el edificio permaneció cerrado mientras se renovaban instalaciones y se ampliaban ciertas áreas en los niveles inferiores. La intervención permitió mantenerlo operativo sin sustituir los rasgos que definen su identidad.

Su uso actual sigue siendo privado en parte, pero ya no se limita a la actividad de los socios. Restaurantes, encuentros institucionales, congresos y actos corporativos ocupan estancias que continúan funcionando como lugares de reunión. Esa explotación controlada ayuda a cubrir los costes de conservación y evita que la protección patrimonial desemboque en abandono o museificación.

Por qué los casinos modernos ocupan otro lugar

Los casinos de juego construidos en la región durante las últimas décadas responden a una lógica opuesta. Suelen localizarse fuera del centro, junto a carreteras de alta capacidad y en parcelas capaces de absorber aparcamientos, accesos técnicos y grandes superficies interiores. La fachada deja de ser el principal vehículo de representación; importan más la circulación, la vigilancia, la distribución de las salas y la adaptación a la normativa autonómica.

No existe en ellos la misma voluntad de intervenir en la imagen monumental de la ciudad. Su relación con Madrid es metropolitana y funcional, no simbólica. Son edificios destinados a una actividad concreta, mientras que el Real Casino fue planteado como una afirmación arquitectónica de prestigio.

Por eso, el legado patrimonial asociado a los casinos madrileños procede sobre todo de los antiguos clubes sociales. El Real Casino de Madrid conserva interés no por el juego que pudo celebrarse ocasionalmente en sus salones, sino por la manera en que reunió arquitectura, artes decorativas, historia social y continuidad de uso en una de las principales vías del centro.

El juego es una actividad exclusiva para adultos y debe practicarse con límites de tiempo y gasto. No constituye una fuente de ingresos ni una respuesta a dificultades económicas. Cuando resulte difícil controlar la conducta de juego, conviene recurrir a servicios profesionales de apoyo.

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